Cristian Sirouyan
Acorralado por
las montañas del Cáucaso y reducido a una mínima expresión por la
codicia irrefrenable de los conquistadores, el territorio de Armenia
parece obstinado en permanecer oculto a los pies del bíblico monte
Ararat. En el centro mismo de este país de 30 mil kilómetros cuadrados,
la capital es una paradoja. Sin despojarse de su impronta pueblerina, Ereván (también conocida como Iereván o Yereván)
exhibe con orgullo su doble perfil de ciudad moderna y antigua,
mientras sus límites no dejan de extenderse hacia los valles montañosos.
Hace ya años que la urbe planificada a principios del siglo XX para 100
mil habitantes pasó a ser una soberbia ciudad, capaz de transformarse a
ciertas horas en una caldera de peatones, tranvías, trolebuses y
desproporcionados bólidos 4x4. De la incipiente aldea surgida en el
siglo VIII antes de Cristo alrededor de la fortaleza Erepuní quedan las
ruinas sobre la colina Arín Pert. Aquí se consignan las escalas posibles
de un recorrido por la ciudad en las vísperas del aniversario 2.800
desde su fundación, un acontecimiento que se celebrará en 2018 y ya
despierta expectativas entre los pobladores y los turistas.