Cristian Sirouyan
Tallado por los rocosos perfiles del Cáucaso, Armenia
es un entramado de montañas, ríos de agua helada y transparente y
valles recortados por rutas de pavimento, cada tanto interrumpidos por
cráteres que imponen desafíos al paseo por este milenario país de Asia
Menor. Sea cual fuere el lugar y el momento que sorprenden los pasos de
los forasteros, los dos conos eternamente blancos del monte Ararat copan
la escena. Imperturbables, ocupan un primerísimo plano servido para
filmar y fotografiar. Alrededor, la planicie florecida por la primavera
se pierde bajo un horizonte brumoso, que también amaga con borronear la
silueta de la montaña bíblica. El máximo símbolo del pueblo armenio
–donde, según relata la Biblia, se posó el Arca de Noé para quedar a
salvo del Diluvio Universal– representa una paradoja en esta región
signada por las conquistas: sus 5.200 metros de altura se elevan más
allá del río Arax, del otro lado de la frontera con Turquía.