Hagop Gulludjián
Sobremesa de una cena en la cocina. Habla sentado en una silla de madera. Las noticias de la televisión en francés interceptan parcialmente sus frases, pero no quiere silenciar el aparato ubicado justo detrás de él. No quiere hablar solo; quizás le teme a su propia voz.
Tiene noventa años, pero es un hombre que sube los ciento cincuenta escalones de Montmartre todas las mañanas con vigor juvenil. Enfrente está una pareja que ha viajado diez mil kilómetros para verlo. Aunque los separan poco menos de seis décadas, uno de ellos es el sobrino. El testigo le habla a la mujer de este último, a quien ni siquiera acerca su mirada.