El pasado 24 de abril se cumplieron 107 años del intento de exterminio del pueblo armenio por parte del Estado turco a partir de 1915. Más de un millón y medio de armenios fueron perseguidos y asesinados en lo que el papa Francisco calificó como “el primer genocidio del siglo XX”. El negacionismo turco respecto de su responsabilidad en el genocidio implementado como política de Estado, desde los tiempos de Kemal Atatürk hasta nuestros días, debe ser un llamado de atención en particular para sus aliados en la OTAN.
El presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, quien hasta hace muy poco tiempo cortejaba y alentaba a Rusia en sus aspiraciones geopolíticas, confiando en obtener dividendos gracias a la pasividad de Occidente, ahora ha saltado el cerco. Lleva a cabo, junto a su canciller, Mevlüt Cavusoglu, una política exterior que solo puede ser catalogada de macabra.