Bernard-Henri Lévy
Traducción de José Luis Sánchez-Silva
Es extraña la forma en que la historia vacila, cobra forma, se acelera y, de pronto, cristaliza.
A Recep Tayyip Erdogan se le ha tolerado todo durante los últimos 10 años.
Se le han tolerado los arrestos de periodistas e intelectuales, las arbitrariedades y el terror cotidiano.
Se le ha tolerado el cierre de establecimientos de venta de bebidas so pretexto de atentar contra la salud pública y las condenas por blasfemia contra escritores, humoristas y pianistas.
En nombre del “islam moderado” que se suponía representaba, se han aceptado los brotes de antisemitismo y la negativa obstinada, delirante, a apenas unos meses de su centenario, a reconocer el genocidio armenio.
Nadie quería ver la represión contra los kurdos y otras minorías.
Nadie quería admitir que, antes de que Europa le recordase las condiciones —no solo económicas, sino políticas y morales— exigidas a cualquier candidato a la integración en la UE, él, Erdogan, ya había decidido dar la espalda al Viejo Continente y a los valores que este representa y encarna.