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21.9.11

La libertad en ejercicio: ¿qué Armenia queremos tener?

Vartán Matiossián

Este artículo de nuestra firma apareció en un número especial del semanario “Sardarabad” de Buenos Aires (septiembre de 2006), dedicado al 15º aniversario de la segunda independencia de la República de Armenia. Al verlo hoy, 21 de septiembre de 2011, en el vigésimo aniversario de ese magno acontecimiento, el lector podrá preguntarse cuál es el objetivo de leer un texto escrito hace cinco años. Pero, a la vez, probablemente advierta que nada ha cambiado desde entonces y que una actualización de datos no modificaría la premisa central. Es más, el único dato que cambió –el estallido de la crisis económica global en 2008—solamente alteró, por desgracia, el ritmo de crecimiento económico de Armenia y dejó al descubierto la “burbuja” en la cual se había implementado. Al recordar desde nuestro rincón del mundo aquellos “días de euforia y promesa”, hacemos votos para que se repitan con la esperanza de un futuro mejor.


“No hay armenio que no sueñe con una Armenia independiente”
(William Saroyán, “Setenta mil asirios”, 1934)

I

Hoy se requiere tener no menos que la edad de Cristo para conservar memoria adulta de cuando Armenia no era independiente. Memoria de los tiempos en que la rueda de la historia había quedado inmóvil, congelada entre las ilusiones de un futuro que no existía y las peleas infinitas por un pasado ido. O, mejor dicho, un futuro que era solamente la repetición del pasado como las vueltas de una noria. 
De esperanzas y sueños se vivía. Alimentarlos con decisiones correctas y acciones cuidadosas podia haber contribuido a que fuera posible convertirlos en realidad. Nada de ello sucedió, pues la historia de esos tiempos de reyertas fraternales y hasta fratricidas se escribirá un día y veremos en toda su desnudez las oportunidades perdidas. Lo mismo sucederá con los últimos quince años que hemos vivido, con su carga de gloria y de miseria, de festejo y de lamento, de razón y de sinrazón. 
La vertiginosa sucesión de acontecimientos no concede respiro; los ensayos de análisis están condicionados por la imposibilidad de sustraerse de la pasión por un optimismo incorregible o un pesimismo paralizante. Una refrescante zambullida en un realismo equilibrado es la única vía para establecer la distancia necesaria que posibilite el diálogo con el presente. Estamos condenados a hacer camino mirando por el espejo retrovisor. La memoria de los dias de euforia y promesa que trajeron aparejados los cambios fulminantes en el período 1988-1991, desde el inicio del movimiento por Karabagh hasta el plebiscito por la independencia, parecen haber quedado allá lejos y hace tiempo. Los sentimientos de comprensión mutua y de solidaridad común, de unidad en la diferencia y de coincidencia en el objetivo parecen haberse desvanecido. La conmemoración del 15o. aniversario, con todo su despliegue, no puede ocultar el hecho de que todavía necesitamos convencernos de que lo que pasó en el memorable 1991 no fue en vano. Reafirmar que el 21 de septiembre no fue una fecha más, sino un día trascendente. 
¿Lo es hoy? Para el común de la gente en Armenia, «մեզնից անկախ ապրում ենք»։ Frase que encierra un juego de palabras. “Vivimos, independientemente de nosotros mismos”. Pero también “vivimos independientes de nosotros mismos”. Esta sensación que oscila entre la resignación por la promesa incumplida de un futuro mejor y la indiferencia por los incumplimientos que se repetirán en el futuro constituye el mayor riesgo para esa trascendencia y la mayor hipoteca que puede enfrentar un proceso que se proclame verdaderamente iniciador de una vida democrática y libre. Como reflexionara el escritor Gostán Zarián en 1935, “vivir significa estar fatalmente obligados a ejercer nuestra libertad. Decidir y realizar lo que queremos ser''.
El lector podrá decir que esa misma falta de trascendencia puede detectarse en la Argentina en el nivel ciudadano, cuando se trata de reflexionar sobre el sentido de las fechas fundacionales de la vida nacional. Quien esto escribe puede agregar que tampoco parece haberlo en los Estados Unidos, donde el 4 de julio, el Dia de la Independencia, parece ser básicamente un día para ir a ver cómo se lanzan los fuegos artificiales y nada más. Pero los Estados Unidos son un pais establecido, la primera potencia del mundo, un Estado cuasi-imperial para muchos, que no se permite reflexionar sobre su pasado por la misma naturaleza pragmática de su cosmovisión colectiva. En tanto que la Argentina, con su realidad eternamente cambiante y sus intentos infinitos por consolidarse como un país donde la gente viva feliz y con permiso, cambiando la frase de Mario Benedetti, se debe y con creces ese tiempo de reflexión.
Sin embargo, los Estados Unidos han tenido 230 años de independencia, en tanto que la Argentina ha cumplido 190. Una eternidad, comparada con los 15 años de Armenia, tan prolongados y tan frágiles. Podrá decirse que cualquier país que se halle en los pañales de su existencia independiente enfrenta muchisimos problemas de toda índole cuya solución requiere décadas. Después de 1810, la Argentina necesitó siete décadas para llegar a la “organización nacional”, que acabó en 1880 con la federalización de Buenos Aires. Estados Unidos necesitó 90 años, hasta el fin de la guerra civil en 1865, para echar las bases de su actual sistema, y un siglo más para empezar a solucionar sus graves y todavía irresueltos conflictos sociales. ¿Qué podemos pretender de Armenia en un lapso tan breve?

II

Hay algo, sin embargo, que podíamos y podemos pretender, como una necesidad de corto plazo: tener orgullo. No nos referimos, desde ya, al infantil sentimiento que pueda invadir a un observador cuando vea por las calles de Ereván o por video un despliegue de tropas y armamentos un 21 de septiembre. Por más que ese despliegue militarista tenga un carácter puramente defensivo y esté plenamente justificado por el frágil y no tan frágil cese de fuego en Alto Karabagh que ya lleva doce años, ese sentimiento no deja de ser infantil. Dura lo que las imágenes. Pensamos haber revertido la idea de ser los eternos perdedores de la historia con la victoria sobre los azeries en Karabagh contra todas las previsiones. Pero una batalla (Karabagh) no gana la guerra (la continuidad de la existencia); la guerra se gana con una estrategia durante el conflicto y después del conflicto. La guerra ganada en un campo de batalla, sin estrategia posterior, puede perderse sin miramientos en un campo de papeles. 
Evitaremos hacer un listado de los logros y los fracasos de Armenia en estos quince años. Todas las listas son subjetivas y están relacionadas con la visión del catalogador. En última instancia, ninguna de esas listas podrán concedernos esa necesidad de corto plazo. El orgullo al que nos referimos es la satisfacción de saber que, cada uno desde su posición en el mundo armenio, tiene un lugar con el que se identifica no sólo por su pasado, sino por su presente. Un lugar con cuyo presente se identifica no sólo quien en el pasado se ha alimentado con su existencia, sino quien hoy no tiene la memoria de ese tiempo pasado. Es decir, quienes no han superado la edad de Cristo. Es decir, la tercera generación, aquélla que tiene la responsabilidad de la transmisión.
Esa satisfacción no es algo que se obtiene en un santiamén, sino que se construye paulatinamente con la saludable convicción colectiva de estar dirigiéndose hacia el bienestar común. Una convicción objetivamente apuntalada, desde adentro y desde afuera. Decir que hoy esa convicción es “colectiva” es algo privativo de quienes sufren de ceguera voluntaria o, peor, del voluntarismo inútil fundamentado en palabras vacías de contenido.
¿A qué se va a parecer Armenia cuando conmemoremos el 30° aniversario de la independencia? La respuesta depende de nosotros mismos. Una vía para la respuesta la ofreció Bedrós Terzián, presidente de la filial francesa del Fondo Nacional Armenia, en un panel durante el III congreso Armenia-Diáspora, el 19 de septiembre:
“Dénnos un país del que podamos estar orgullosos. (...) Necesitamos un nuevo punto de referencia. Podría ser Armenia, pero no esta Armenia. Necesitamos un país democrático, un país justo, un país libre de corrupción. Si ustedes no nos dan ese país, no esperen [que los sigamos apoyando]. Ustedes cargan con esa responsabilidad” (“Armenia Now”, 22 de septiembre de 2006).

III

Los próximos quince años requieren alcanzar toda una serie de objetivos de corto y mediano plazo. Entre ellos, hay uno que constituye el eje sobre el cual girará el formato del país cuya construcción se pretende continuar: el modelo socio-económico-político. 
Como norma general, el crecimiento económico está correlacionado con la baja en los índices de desempleo y en los niveles de pobreza e indigencia. Los indices de pobreza e indigencia sólo indican cuántas personas no superan los mínimos necesarios para ser considerada pobre (no tener el ingreso necesario para una canasta básica de bienes y servicios) o indigente (no tener el ingreso necesario para comer). 
El producto bruto interno de Armenia ha crecido en un 120% entre 1995 y 2000 y en un 230% entre 2000 y 2005, según el ministro de Comercio y Desarrollo Económico, Karén Djeshmaritián, mientras que el representante del Banco Mundial en el país, Roger Robinson, apunta que Armenia es el país con crecimiento más veloz en la antigua Unión Soviética, donde los índices de pobreza han bajado desde 1998 y las inversiones extranjeras han aumentado de un 18% del PBI en 2000 a un 70-80% en 2005 (“Azg”, 21 de septiembre de 2006). En la Argentina, a modo de comparación, en octubre de 2003 el 57,5% de la población vivía bajo la línea de pobreza, mientras que hoy ese porcentaje ha bajado al 31,4%. Según el economista Artemio López, por cada 1% de crecimiento del PBI el indicador de pobreza se redujo en 0,8% (“La Nación”, 21 de septiembre de 2006). 
Estas cifras alentadoras, no obstante, no deben dejar de lado otros datos de la realidad, mucho más calientes y palpables que la lógica fría e inasible de los números. 
Los datos del censo de 2005 de los Estados Unidos demuestran que, a pesar del crecimiento económico producido desde 2001, en 2005 el número de pobres siguió siendo el mismo que en 2004: el 12,6% de la población. El único consuelo es que se frenó el crecimiento producido ininterrumpidamente desde 2001. “Los hallazgos del censo también son otro indicador de que el crecimiento no es por sí solo una respuesta a las enfermedades económicas y sociales de la pobreza, la desigualdad en el ingreso y la inexistencia de seguro médico. El crecimiento económico fue fuerte en 2005 y el crecimiento de la productividad fue impresionante. Lo que falta es una política gubernamental que asegure que los beneficios del crecimiento se distribuyan ampliamente, como ser una fuerrte posición en favor de la educación pública, un sistema impositivo progresivo, cuidado médico accesible, un salario mínimo más alto y otras medidas protectoras del trabajo” (“The New York Times”, editorial, 30 de agosto de 2006). 
En Armenia, la mentada “igualdad” del sistema en tiempos preindependientes dejó paso al blanqueo de las desigualdades reales y a su multiplicación exponencial, como producto de la imposibilidad o incapacidad --voluntaria y/o involuntaria-- de poner en acción mecanismos de combate contra el enriquecimiento ilícito y de redistribución de la riqueza destinados a reducir las brechas existentes. El visitante que abra sus ojos y no se deje enceguecer por los edificios nuevos y las luces brillantes del centro de Ereván se encuentra con una sociedad enfrascada en una profunda polarización:
  • Políticamente divorciada entre una clase dirigente que vive en otro mundo y una clase dirigida que se desentiende de lo que pasa “arriba”;
  • Económicamente dividida entre una minoría que ha ejecutado una espectacular apropiación de capital y una mayoría esencialmente desligada del proceso productivo.
  • Socialmente partida entre un superestrato que merece con creces el apelativo cotidiano de “oligarquía” y un substrato que se debate en la exclusión económica y social.
La confianza en la tristemente célebre teoría del “derrame”, que sostiene que el “agua” del crecimiento económico, al rebalsar los bordes del vaso, se “derrama” hacia las capas menos pudientes, no tiene en cuenta que las “gotas” o los “chorros” de agua no modifican sustancialmente la realidad: la reducción de los índices de pobreza e indigencia no implica que la persona deja de ser pobre o indigente, sino que sólo ha dejado de serlo para las estadisticas. Además, hay un límite para ese crecimiento, como lo muestra el caso de la Argentina: “Según lo que viene ocurriendo, López proyectó que podría alcanzarse el pleno empleo (lo que implicaría una desocupación del 5%) hacia junio de 2009 y que para entonces la pobreza sería del 23,7% y la indigencia, del 9,5 por ciento. Sería el ‘núcleo duro’ de la problemática, ya que sería difícil lograr una caída más allá de ese nivel” (“La Nación”, 21 de septiembre de 2006). No tenemos información de cuándo Armenia podría alcanzar el pleno empleo y cuál sería el nivel de pobreza e indigencia hacia entonces, pero la comparación nos muestra que ese “cuello de botella” no solamente no solucionaría el problema económico, sino que deja la cuestión social completamente fuera de consideración.

IV
En el mismo número de “Azg”, la periodista Kariné Danielián enumera:
“La corrupción dominante en las áreas de educación y salud, con las que tiene vinculación, lo quiera o no, el ciudadano que vive en un nivel por debajo del medio (de una manera u otra, la clase media todavía no se ha formado aquí); la violación de los derechos del público en las áreas sociales y ecológicas; la violación de los derechos de propiedad y el temor y la desconfianza hacia el sistema judicial sólo llenan el vaso de la desilusión del ciudadano común. El índice de legalidad de cada país lo constituye también el tratamiento de los ancianos y de los niños. En nuestro país son precisamente el presente de los ancianos y el futuro de los niños los más expuestos a la indefensión y a la incertidumbre. El humanitarismo hacia los ancianos que, en particular, día tras día disminuye en el Estado, también ha contagiado al armenio común, mutilando su mentalidad y sus concepciones tradicionales”.
¿Qué Armenia queremos tener?
Consolidar las bases del Estado democrático, consolidar el crecimiento económico, hallar vías de solución para los conflictos geopolíticos de toda índole, establecer una interacción dinámica con la Diáspora y otros objetivos de corto y mediano plazo no alcanzan por sí solos para alcanzar la Armenia independiente soñada, con un rostro realmente humano. Un rostro realmente humano implica una sociedad con un sentido recobrado de solidaridad y justicia para todos y con una conciencia cívica desarrollada, inmune de los caprichos del gobernante de turno. A fin de cuentas, tomando en préstamo el título del artículo de Danielián, «Այս երկիրը մերն է, ինչ էլ որ լինի» (“Este país es nuestro, sea como sea”).
21 de septiembre de 2006



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