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18.4.15

Ni siquiera la primera letra de "justicia"



Vartán Matiossián

En menos de una semana se cumplen 100 años de la fecha simbólica que marca el Medz Yeghern, el proceso de exterminio planificado de la población armenia del Imperio Otomano, que Raphael Lemkin, creador de la palabra genocidio, tuvo como uno de los precedentes a la hora de su creación y que identificó como un antecedente del crimen de crímenes ya en 1946. Se han producido numerosos acontecimientos en el nivel internacional, desde el sermón del Papa Francisco hasta la declaración del Parlamento Europeo. Probablemente habrá otros. La repercusión en la prensa y los artículos que aparecen día tras día son la prueba más evidente de que el Medz Yeghern ha dejado de ser el “genocidio olvidado.” O al menos, de que de ahora en más dejará de serlo.
Queremos recordar algo que pasó el 23 de abril de 2014, cuando el primer ministro de Turquía y ahora presidente, Recep Tayyip Erdogan, lanzó oficialmente la fórmula de “memoria justa” que su ministro de Relaciones Exteriores y ahora primer ministro, Ahmet Davutoglu, había estado preparando durante cuatro años.
La declaración fue interpretada como un “golpe preventivo” a un anuncio del entonces embajador de los EE.UU. en Armenia, John Heffern, de que el presidente Barack Obama tendría una declaración “muy fuerte,” que después se redujo a lo habitual. Lo esencial del mensaje de Erdogan fue lo siguiente: “Los incidentes de la Primera Guerra Mundial son nuestro dolor compartido. Evaluar este período doloroso de la historia a través de una perspectiva de memoria justa es una responsabilidad humana y académica. . . . Y es con esta esperanza y fe que deseamos que los armenios que perdieron sus vidas en el contexto del principio del siglo XX descansen en paz y expresamos nuestras condolencias a sus nietos. Independientemente de su origen étnico y religioso, rendimos tributo, con compasión y respeto, a todos los ciudadanos otomanos que perdieron sus vidas en el mismo período y bajo condiciones similares”. Su intento de ofrecer una semblanza de rostro humano en busca de empatía, sin embargo, no llegó ni siquiera al nivel de las disculpas a regañadientes de noviembre de 2011 (para echar el fardo a su principal oposición, el Partido Republicano del Pueblo) por las matanzas de Dersim de 1937-1938, en la que dijo: “Si hay necesidad de una disculpa en nombre de estado y Si hay una oportunidad tal, puedo hacerlo y me disculpo”.. Sin embargo, tuvo el atrevimiento de subrayar el pedido de perdón de 2011 como ejemplo de su capacidad “para confrontar todos los hechos”, esperando que Armenia y la Diáspora “reconozcan nuestro paso valiente y se conduzcan de la misma manera valiente”. 
Para quienes no tienen tiempo de detenerse en los detalles, “dolor compartido” es un descendiente directo de una declaración revisionista de 69 académicos estadounidenses publicada en 1985 por la Asamblea de Asociaciones Turcas Estadounidenses como una solicitada en The New York Times y The Washington Post. Esa declaración exigió “no hacer acusaciones sobre hechos históricos antes de que sean totalmente comprendidos” en ocasión de un proyecto de reconocimiento del genocidio que estaba en consideración en el Congreso de los EE.UU. En un párrafo clave, decía: “Ningún firmante de esta declaración desea minimizar la dimensión del sufrimiento armenio. Sabemos igualmente que no puede ser considerado por separado del sufrimiento experimentado por los habitantes musulmanes de la región. El peso de la evidencia descubierta hasta ahora apunta en dirección de seria lucha intercomunitaria (perpetrada por fuerzas irregulares musulmanes y cristianas), complicada por enfermedades, hambruna, sufrimiento y masacres en Anatolia y áreas adyacentes durante la Primera Guerra Mundial”.
Davutoglu, el autor intelectual de la declaración de Erdogan, destacó que “el primer ministro turco ha extendido la mano de Turquía a Armenia para acercar nuestros corazones y nuestra mentes” y esperó una respuesta que permitiría construir “un futuro juntos”. (Todavía sigue esperando, al igual que su patrón). En un artículo publicado en el diario inglés “The Guardian”, equiparó “los colosales sufrimientos de los musulmanes otomanos” con las consecuencias “inaceptables e inhumanas” de “la reubicacion de la gran parte de la comunidad armenia”. (Reubicación es el término favorito de los revisionistas turcos; los armenios fueron llevados de un lugar a otro como si fuera una mudanza). Esto clama, según Davutoglu, por la creación de una “memoria justa” sin comparar y sin categorizar el sufrimiento. (O sea, “ustedes sufrieron, nosotros también; ahora pueden callarse”). Esta ecuación de sufrimiento ya la había enunciado un revisionista estadounidense, el historiador Justin McCarthy, en 1987: “La lección de la guerra en Anatolia oriental no es que los turcos masacraron a los armenios… La lección es que todos los habitantes del este otomano sufrieron. Sufrieron tales terrores que es absurdo tratar de elegir quién tuvo el sufrimiento más grande”. Según Davutoglu, la “memoria injusta creada alrededor de los acontecimientos de 1915” había “hipotecado” la “historia común” que enunció en la versión conocida por todos: “Para los armenios, 1915 fue un año de reubicación durante el cual se produjeron tragedias inconmensurables. Los años anteriores y posteriores a 1915 también fueron un tiempo de tremenda tragedia para los turcos en Anatolia. Fue en este tiempo que los turcos lucharon por su supervivencia en la guerra de los Balcanes, en Canakkale y en la Guerra de Independencia. En realidad, este fue un tiempo de dolor compartido”. Como observara en su momento el historiador Gerard Libaridián, este fue un pedido para los armenios para que “acepten la versión del ministro de esa historia” y para que “cambien su memoria colectiva” bajo el manto de un llamado a turcos y armenios para que respeten mutuamente sus memorias. Ese pedido se olvidó, obviamente, de lo que el periodista turcos Omer Taspinar había escrito en 2012: “No se puede esperar simplemente que los armenios empaticen con nuestro dolor. Armenia y los armenios no fueron responsables de las tragedias que sucedieron a los otomanos en los Balcanes, en Gallípoli o en el Medio Oriente”.
El cambio en la terminología de “masacres armenias” a “genocidio armenio” en los pasados cincuenta años no cambió la naturaleza de la negación: esta consiste en el cuestionamiento de la realidad de los hechos y no de su calificación. Llámenlo como quieran: crimen, masacre, exterminio deliberado, aniquilación, genocidio, no importa. Siempre habrá un líder turco para negarlo. El 1º de mayo de 1965 el presidente de facto General Cemal Gursel declaró: “Hay que saber que no hubo masacre armenia. Los armenios golpearon por la espalda y por sorpresa a nuestro ejército, cortaron los caminos y obstaculizaron las comunicaciones, a la vez que el aprovisionamiento de las tropas.” Cincuenta años después, otro presidente, Recep Tayyip Erdogan, amonestó a la diáspora y al gobierno de Armenia el 19 de marzo de 2015: “Tenemos cientos de miles de documentos, más de un millón de documentos. ¿Cuántos documentos tienen ustedes? Traigan sus documentos y pondremos a trabajar a los historiadores, nuestros historiadores, politólogos, incluso arqueólogos y abogados… La verdad debe buscarse en los archivos… Nuestros llamados no tienen respuesta porque el objetivo no es explorar los hechos. No tenemos nada por lo que no podamos rendir cuentas. Por el contrario, si examinamos lo que nuestra nación tuvo que sobrellevar en los pasados 100 a 150 años, encontraremos mucho más sufrimiento que lo que los armenios supuestamente tuvieron”.
Como dijo el Papa, la negación equivale a dejar que la sangre siga fluyendo de la herida sin poner una venda. La verdad ha sido encontrada en los archivos hace mucho tiempo.
Por si se hace falta en los tiempos que vendrá, es bueno recordar que la declaración de Erdogan fue equivalente a: “Hubo un múltiple choque de autos. Lamento que su vehículo se haya dañado”. Ni reconocimiento, ni pedido de disculpas.
Ni siquiera la letra inicial de "justicia".
  

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