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6.2.14

Turquía, de economía estrella a dolor de cabeza para los mercados

Luisa Corradini




Durante diez años, sus sorprendentes resultados económicos colocaron a Turquía en el pelotón de cabeza de los países emergentes. Hoy, la coyuntura mundial y, sobre todo, la grave crisis política que hace vacilar a su gobierno no sólo amenazan con poner punto final a esa "succes story", sino incluso arrastrar con ella al resto de la economía mundial.
Después de tres semanas de dramática situación, el banco central de Turquía decidió el martes pasado un aumento masivo de sus tasas de interés para tratar de detener la devaluación continua de la moneda nacional, la lira, que perdió en casi un año cerca de 30% de su valor frente al dólar.
Pero esa decisión, que muchos economistas consideraban inevitable, se produjo en medio de un gigantesco escándalo de corrupción que mantiene contra las cuerdas al primer ministro Recep Tayyip Erdogan, un islamista moderado.
La crisis no sólo tumbó la lira, sino que también derribó los mercados financieros y ahora amenaza los objetivos de crecimiento del país.
Las previsiones de los especialistas no son alentadoras. Y las recientes medidas de ajuste de la política monetaria de la Reserva Federal de Estados Unidos dejan planear el espectro de la desaparición progresiva de inversiones extranjeras hacia una economía ya golpeada por fuertes déficits públicos.
"Agregue a esto un alto riesgo político: escándalos de corrupción, rumores de golpe de Estado e inquietudes provocadas por los ataques del gobierno contra la independencia de la justicia y comprenderá que la situación financiera de Turquía podría agravarse rápidamente", resumió Kathleen Brooks en el sitio online Forex.com.
El escándalo amenaza a dos de los pilares del éxito económico turco desde que el Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP), de Erdogan, llegó al poder, en 2002: su estabilidad política y los sectores bancarios y de trabajos públicos.
Decenas de empresarios, hombres de negocios y representantes allegados al gobierno fueron inculpados y a veces encarcelados por corrupción, blanqueo y fraude en los mercados públicos y por ventas fraudulentas de oro a Irán durante el embargo.
Directamente amenazado, el primer ministro lanzó purgas masivas en la policía y la justicia, acusadas de abrigar "el corazón del complot", planeado por la cofradía de un predicador musulmán, Fethullah Gülen, contra todo el país.
En medio de la tempestad, el gobierno se esfuerza en tranquilizar a los medios económicos. Su ministro de Finanzas, Mehmet Simsek, admitió la posibilidad de una desaceleración "momentánea", pero no más, pues, insistió, "los fundamentos de Turquía siguen siendo sólidos".
Aunque muchos crean que así es, son todavía más numerosos quienes temen que el gigante euroasiático termine provocando un efecto dominó planetario de imprevisibles consecuencias.
"La crisis actual de Turquía, con su economía comparable a la de la ciudad de Los Angeles, no debería atemorizar a nadie", intentó tranquilizar el premio Nobel de Economía Paul Krugman.
Pero el problema es que los crujidos han comenzado a oírse en todas partes.
Como en Turquía, el banco central de la India anunció el martes pasado el aumento de sus tasas directoras. En ambos casos, el objetivo fue el mismo: controlar la inflación, alimentada por la depreciación de la moneda, y evitar la fuga de capitales.
Las turbulencias también azotan al rand sudafricano, el rublo ruso, el real brasileño y el peso argentino. En esas condiciones, es lícito preguntarse si esas fuertes depreciaciones de los últimos días no son el signo anunciador de otra crisis sistémica.
"¿Acaso los emergentes caerán uno tras otro?", se preguntó recientemente el vespertino Le Monde.
A ese interrogante los economistas han respondido hasta ahora por la negativa. La mayoría juzga el riesgo de contagio más débil que durante la crisis asiática de 1997-1998 o la de 2001-2002.
El verdadero riesgo (conocido como "sudden stop") es que todos esos países se vean bruscamente en la incapacidad de financiar sus déficits exteriores. Según el banco Morgan Stanley, cuatro son los países más expuestos a ese fenómeno: Brasil, Sudáfrica, Ucrania y Turquía.




"La Nación", 4 de febrero de 2014

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