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14.12.12

La fortaleza de las golondrinas

Julieta Ojunián
 
Cuando uno está en ese lugar toma conciencia de su condición de humano. Después de haber estado allí la mirada de uno cambia para siempre, no se retrocede, se es más consciente. Frente a esas fotografías, documentos, libros, en ese momento uno ya no piensa más el Genocidio como un objeto de estudio, no se puede! Realmente no se puede porque el dolor no permite eso, solo permite sentir incomprensión, impotencia y más dolor..
¿Por qué han hecho esto con el pueblo armenio? ¿Por qué tanto ensañamiento? ¿Por qué tanta injusticia? ¿Por qué la impunidad? ¿Por qué la negación? Es evidente para los ojos de toda la humanidad lo que ha sucedido, sin embargo los armenios continúan mirando las espaldas del mundo.
Después de haber estado en silencio contemplando la llama eterna, los ojos se cristalizaron ante el inevitable llanto… solo fue necesario llorar, llorar y mantener el silencio…
Cuando llego a la casa de la familia armenia que me hospeda, los padres me miran e intercambian palabras en armenio que yo no entiendo, luego me miran y me dicen: “tus ojos cambiaron, estuviste ahí, viviste lo que pasó, estuviste frente a la catástrofe, ahora tienes otra mirada… experimentaste el magnetismo armenio, ahora sabes lo que pasó porque mientras estuviste ahí pudiste sentir lo que nos pasó, es como si lo hubieses revivido…”
Ahora, ese sentimiento de desazón que solía sentir cuando pensaba en la historia de nuestros antepasados que debieron dejar su tierra ancestral, vivir el destierro y el exilio, afloró e inevitablemente lo pude comprender mejor o entenderlo desde otro lugar, estando en Armenia. También fue inevitable pensar en Simón, en Hrant, en Levón, en Haiganush y María. ¿Habrán pensado ellos alguna vez que alguien de su descendencia alguna vez retornaría a lo que quedó de la Armenia que ellos luego de partir añoraron en el más absoluto silencio?
Fue y es inevitable también pensar que la humanidad ha sido injusta con el pueblo armenio. Los armenios han sido arduos trabajadores de la tierra y también han brindado su cultura, arte, literatura, música, arquitectura. No hace muchos años todo eso se intentó exterminar, toda la historia, toda la etnia armenia y su cultura los turcos intentaron hacer desaparecer de la faz de la tierra. Y ahora esos acontecimientos se niegan descaradamente, tergiversan la historia, se apropian del patrimonio cultural e invitan a su país a vacacionar para que vean todo lo que pueden aprender y disfrutar de sus antepasados turcos. Pero cuánta injusticia por Dios! Cuántos turcos nacidos de madres armenias sin saberlo u ocultándolo…
Sin embargo, la Diáspora, la República de Armenia y Nagorno Karabagh (Artsaj) resisten. Los armenios diseminados por el mundo toleran y continúan luchando por el reconocimiento del Genocidio Armenio. Acá está Hayastán, acá está Armenia, un pequeño estado en el Cáucaso que también resiste a los avatares de la economía capitalista luego de la caída de la Unión Soviética, donde sus ciudadanos armenios también resisten para ser una república independiente a pesar de la complicada situación geopolítica de su país. Los soldados armenios en Karabagh también resisten cada día protegiendo a los karabaghtsí y sus fronteras.
¿Y por qué la resistencia? ¿Por que continuar luchando? Simplemente porque la sed de justicia que sentimos los descendientes de armenios será saciada sólo con JUSTICIA.
Se cuenta que durante el paganismo los armenios adoraban al fuego, tenían un dios Vahagn (tormenta) y una diosa Astghik (estrella). A Vahagn le gustaban las dzizernag (pequeñas golondrinas) porque lo mantenían en contacto y le traían noticias de su amada Astghik. Cada vez que Vahagn quería saber sobre Astghik iba al lugar donde solían estar estas aves, iba a Dzidzernagapert (fortaleza de las golondrinas) donde ahora se encuentra uno de los monumentos más emblemáticos de la humanidad, llamado también Dzidzernagabert, el monumento que conmemora al millón y medio de víctimas del primer Genocidio del siglo XX.
No es casualidad la relación entre los armenios, las golondrinas y Dzizernagapert. Los armenios son aquellas golondrinas que las circunstancias trágicas de su historia los obligaron a dejar su tierra ancestral, los obligaron a dejar su nido, su fortaleza. La trayectoria, el viaje en busca de un lugar que les permita sobrevivir fueron muy largos… pero como las golondrinas, los armenios siempre necesitamos retornar al lugar de origen, al nido, a la fortaleza que nos espera y que es Hayastán.
Acá en Dzizernagabert nos encontramos y nos podemos comunicar como lo hacía Vahagn, con las madres, los hijos, los padres que no pudieron volar a tiempo para sobrevivir al Genocidio, pero al mismo tiempo nos encontramos también con las golondrinas que viven aquí y hacen posible esta nueva Hayastán para todos los armenios del mundo.

"Dulce Granada" (www.dulcegranada.com), 22 de octubre de 2012
 

 
 
 

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