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20.11.09

El título al final

Un tema actual, del que nunca se podrá hablar demasiado, pero sobre el que hay que seguir machacando hasta que algo cambie, hasta que el burro deje de girar alrededor de la noria.
Allá no tan lejos y hace no tanto tiempo Armenia no era independiente y la rueda de la historia había quedado inmóvil, congelada entre dos puntos: las ilusiones de un futuro que no existía y los combates interminables por un pasado que se consideraba “pisado”.
Durante setenta años los armenios de la Diáspora se pelearon por una infinita gama de pretextos. “Nosotros” contra “los otros”, “ellos” contra “aquellos”, “estos” contra “esos”. Hubo también una infinita gama de peleas: verbales y escritas, a golpes y con sangre.
Todos tenían razón, pero nadie tenía toda la razón.
En 1988 empezó el movimiento por Gharabagh, al año siguiente cayó el muro de Berlín. Tres años después Armenia y Alto Gharabagh se independizaron, mientras que la Unión Soviética desapareció.
Pasaron veinte años...
Es lamentable decirlo, pero mientras que las manifestaciones explícitas de la violencia del pasado han cesado o se han reducido sobremanera, la violencia implícita sigue en pie, porque la sociedad armenia no se ha tomado el trabajo de acordarse que ha pasado el tiempo y hemos entrado en un nuevo siglo.
En 2009 no podemos seguir comportándonos como si estuviéramos en 1909. Sin embargo, elementos tales como la soberbia, el individualismo egoista, la lucha estéril por el poder, la demagogia barata, la exclusión de quien piensa distinto y tantos otros siguen haciendo de las suyas.
Hay quienes se dan cuenta y callan. Hay quienes no se dan cuenta y siguen en la misma.
En ambos casos, le dan de comer a los que piensan que sólo ellos tienen la razón.
Ellos son los que deciden qué se puede hacer y qué no se puede hacer. Los que deciden qué conviene informar y qué conviene no informar. Los que deciden que “nosotros” somos los que valemos y “los otros” no valen nada.
Y si “los otros” hacen algo valioso por los armenios, hay que ignorarlo, porque... son “los otros”.
Una de las tantas formas de estas prácticas deleznables y anacrónicas es la de la censura. Los monopolistas de la verdad usan sus medios de propaganda --es un insulto a la seriedad de la prensa llamarlos “medios de información”-- para realizar lavados de cerebro y para censurar todo y a todos los que no sigan la línea que hayan trazado. Si un armenio fuera candidato a presidente de la Argentina, pero no compartiera su forma de pensar, pueden estar seguros de que en esos medios ni siquiera figuraría su nombre. No sería de extrañar que le hicieran una campaña en contra.
Asi es como en nuestras comunidades se ha sembrado durante décadas la discordia, la ignorancia mutua, la falta de solidaridad, el aislamiento. “Cuidar mi quintita”, “Ver la paja en el ojo ajeno...”, “Haz lo que yo digo...” Podemos citar toda una galeria de frases populares que son perfectamente aplicables.
No estamos reciclando un artículo escrito hace veinte años. Las mismas cosas continúan ocurriendo hoy. Tendremos medios en Internet, pero seguimos con mentalidades propias de la era cavernaria.
Continúan existiendo quienes pretender tener el monopolio de la verdad, la autoridad de decidir quiénes pueden “existir” y quiénes no. Son quienes practican la democracia al estilo de Atenas: limitada sólo para quienes son “ciudadanos”, en este caso, de su mundo imaginario. Los demás son candidatos al ostracismo, es decir, a la expulsión lisa y llana de ese “mundo”, sin cargos fundados, sin defensa, simplemente por decreto. Los “ciudadanos” pueden despotricar contra el autoritarismo, pero son más autoritarios que un dictador cualquiera, a veces sin saberlo siquiera.
Este comportamiento es como el de la primera clase del Titanic: seguir bailando en el salón de los cristales mientras el barco se acerca al iceberg.
¿Hasta cuándo?
¿Hasta que el iceberg parta el casco al medio?
¿Hasta perder la mitad de los pasajeros por falta de botes?
Repetir la línea que se tire desde arriba, como se dice vulgarmente, “ya fue”.
Es hora de empezar a usar las neuronas propias.
Y dejar de “ningunearse” los unos a los otros.
Vartán Matiossián

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