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1.7.14

Proteger la memoria, defender la identidad

Jorge Rubén Kazandjian
 
El tiempo es impiadoso y borra todas las huellas. Apaga el dolor, diluye realidades por más duras que estas sean y es el mejor aliado del olvido que es el mayor de los castigos de la memoria. Transitamos el sendero del centenario del mayor dolor de nuestras vidas, el genocidio que se llevó a nuestros mayores, destruyó nuestro patrimonio cultural y puso en enorme riesgo nuestra existencia como nación. Y además de nuestras históricas reivindicaciones que alientan y sostienen la lucha de nuestro pueblo, no ya por el reconocimiento que es cosa juzgada, sino por la impostergable reparación a la que debe hacer nuestro victimario, el estado turco, debemos prestar atención a otros temas.
En tanto alcancemos el objetivo que todos ambicionamos, hay una cuestión a la que todos debemos prestar atención y que es nuestra memoria, aquella que es el sustento de nuestra identidad armenia y que por lo menos a mi generación, la primera descendiente de los refugiados, nos fue transmitida directamente desde los propios protagonistas.
Pero ese privilegio ya casi no existe. Uno a uno ellos se fueron apagando y ya casi no quedan sobrevivientes que puedan relatarnos su triste experiencia de vida, que por un lado nos entristecía, pero por otro la importancia del significado de cada testimonio hacía que fuera imprescindible recogerlo, atesorarlo y convertirlo en la columna de nuestra identidad. Con la cuarta generación ya en curso, es importante lograr que esas pruebas de vida, muchas veces transformadas en libros y escritos, otras tantas convertidas en archivos de sonido o imagen no se pierdan y formen parte de una nueva memoria que esta vez debe llegar a nuestros hijos y nietos desde modernos soportes.
Por diferentes circunstancias, no todas las familias pudieron almacenar esos recuerdos o memorias. Muchas veces siquiera pudieron comprender el significado de ese tesoro que quedó sepultado en un mueble viejo que se arrojó a la basura. No es la primera vez que llegan a nuestra redacción cajas enteras de viejos libros en idioma armenio que heredados a la fuerza hoy incomodan en muchas casas o departamentos.
En esos libros vive la historia que protagonizaron nuestros mayores y que hoy muy pocos recuerdan. Propongo hacer un ejercicio muy básico. Preguntemos a nuestros hijos y nietos de qué pueblo provino su abuela o abuelo. Veremos enseguida que el desconocimiento hará estragos. Algo tan sencillo y simple no pudo ser traspasado convenientemente.  Ni hablar de otros detalles que hacen a la esencia familiar como el origen del apellido o la historia de algunas costumbres básicas. Nada de estos elementales temas está en el consciente de las nuevas generaciones.
Cuando se va un viejo todos lo lloramos desde un sentimiento humano, pero nadie valora lo real de la pérdida. Es que con ese ser querido se perdió un pedazo de nuestras propias vidas. Se fueron nuestra historia, nuestras tradiciones, nuestros verdaderos orígenes.  Proteger nuestra memoria no significa llevar viejas pertenencias a un museo. Salvaguardar nuestra memoria es conocer a fondo nuestro origen familiar, historia y también nuestra propia identidad de armenios. Cien años después del crimen del que fuimos objeto como nación, será imperdonable acercarse a nuestra historia a través de la lectura de un libro impersonal, dejando de lado la otra trama, la más cercana, la más pasional. Aquella [de la] que nuestros viejos fueron intérpretes.

"Armenia", 26 de junio de 2014

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