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25.10.12

Un viaje a las raices armenias

Cristian Sirouyán
 
La impronta cosmopolita de Buenos Aires recibirá un nuevo aporte, a través de una milenaria cultura que lleva más de un siglo de arraigo en las dos orillas del Río de la Plata: el conjunto Kohar llegará desde Armenia, para presentarse en el Luna Park desde el 27 hasta el 29 de octubre. Serán tres conciertos con repertorios diferentes, en los cuales el escenario porteño se poblará con las melodías, danzas tradicionales y canciones interpretados por 170 artistas.
Durante su visita promocional a la Argentina, los managers de Kohar, Saró y Sevan Seropián, insistieron en señalar el fin benéfico de estos recitales. En realidad, ya desde que emprendiera la primera gira en 2002 –multitudinario suceso que hizo vibrar a las comunidades armenias de Líbano y Chipre–, la orquesta sinfónica, coro, conjunto folclórico y elenco de danzas más renombrado del Cáucaso destina el total de las recaudaciones a ayudar a los colegios armenios de la diáspora. En Buenos Aires funcionan siete establecimientos educativos de ese origen, en los que también se registra una cifra considerable (20 al 50 por ciento) de alumnos que no son descendientes de armenios.
La difusión de la cultura armenia como premisa central de Kohar va de la mano con la razón fundamental que impulsó la creación de este conjunto en 1997. Un año antes, Kohar Khatchadourián –entonces, una más entre los miles de armenios de los cinco continentes que eran recibidos por su madre patria después de declarar su independencia en 1991– llegó a Armenia desde Líbano y alcanzó a detectar los devastadores efectos de un terremoto desatado en 1988, que seguían ensañándose especialmente con Gyumrí, la segunda ciudad del país. En poco tiempo, el espíritu sensibilizado de la mujer se tradujo en una obra mayor, para cambiar drásticamente el cuadro de desocupados, huérfanos, escuelas improvisadas en carpas y, sobre todo, una sociedad entera atravesada por la desesperanza.
Durante ese reencuentro clave con sus raíces, Khatchadourián también se encontró con un respetable número de músicos de instrumentos típicos (como dudúg, shví y kemanchá), cantantes, bailarines y concertistas clásicos –indudable herencia del fuerte sello cultural del período soviético– y decidió procurar una salida ensamblando los talentos dispersos a través de Kohar.
La rehabilitación profesional y personal para un puñado de vecinos de Gyumrí se extendió a muchos otros: donde antes emergía un descampado de entre las ruinas de una fábrica tomó forma la Escuela de Música de Gyumrí, un faro que convoca a centenares de niños y jóvenes, la cantera del conjunto consagrado en Medio Oriente, Estados Unidos y Europa.
Las presentaciones de Kohar suelen deparar una fiesta colectiva que enciende pasión y emoción. Todo transcurre en calma aunque las melodías y voces ajustadas –al ritmo que impone el director Sebouh Apcarian, nacido en Chipre, autor de obras corales, temas litúrgicos, cantatas y suites sinfónicas– dejan de escucharse con nitidez apenas se dispara el sonido de un zurná (instrumento de viento) acompañado por el repiqueteo de un dhol (especie de tambor) y la euforia de la gente fusiona las gradas con el escenario.
 
"Clarín", 23 de octubre de 2012

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