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30.1.12

Taner Akcam: "La negacion del genocidio es una industria"

Guillaume Perrier
Traducción de Eduardo Karsaclián

El siguiente reportaje al historiador Taner Akcam, actualmente titular de la cátedra de Genocidio Armenio en la Universidad Clark de Worcester (Massachussetts) y autor de numerosos libros sobre el tema, apareció en la edición del 7 de enero del diario francés "Le Monde".
¿Qué piensa usted de la iniciativa francesa y de la proposición de ley para la penalización de la negación de los genocidios en general y del Genocidio Armenio en particular? 
Como lo dice la expresión, la mala publicidad no existe. Incluso si a corto plazo la ley francesa ha sido recibida de manera muy negativa en Turquía, creo que a largo plazo los efectos serán positivos. Dentro de sus propias fronteras, Turquía puede tratar y continuar prohibiendo y manoseando la verdad, pero internacionalmente habrá recordatorios continuos (como esta ley francesa) de un problema que Turquía debe confrontar y, en definitiva, resolver.

Incluso si uno se opone a esta iniciativa legislativa, esto muestra que Turquía no puede huir de la cuestión hundiendo la cabeza en la arena. Por esta razón, la iniciativa francesa no puede ser considerada como una simple “ley” en el sentido técnico del término para Francia. Para mejor o para peor, se ha convertido en parte integrante de la campaña internacional por el reconocimiento del Genocidio Armenio. La histeria de Turquía, la cólera y los cambios de humor van a pasar y algunos de los acontecimientos negativos que han tenido lugar se olvidarán rápidamente. Lo que quedará es la pesada realidad de un grave problema no resuelto. Un resultado tal, espero, reforzará la posición de aquellos intelectuales que afirman que la confrontación de la memoria histórica se encuentra fuertemente ligada con la creación de una sociedad democrática en Turquía.
Independientemente de los objetivos finales o de las intenciones de Francia, la sociedad turca y sus clases educadas han sido advertidas una vez más sobre la necesidad de resolver esta cuestión fundamental. Algunos pueden objetar que “esto debería haber ocurrido de otra manera”, pero si usted no resuelve personalmente sus problemas, alguien vendrá y le impondrá una solución. Es así como ocurren las cosas en el mundo.
 
¿Es esto eficaz?
 
Cada uno debe comprender este hecho: respecto de 1915, Turquía ha seguido una política de amnesia deliberada y tácticas dilatorias. Turquía ha barrido la cuestión bajo la alfombra, la ha enterrado y pretendido que no existía, con la esperanza de que todo el mundo tendría la memoria corta y que todo se olvidaría. Es lo que han hecho durante cerca de un siglo. Cada año, después del 24 de abril, el comentario en la mayoría de los periódicos es: “Uf, nos salvamos de esto un año más”. Con 2015 acercándose, la táctica es la misma. Saben que el tema será tratado, sobre todo en el extranjero, y todo está preparado para llegar a 2015 con el menor daño  posible. Esta es la razón de tanta cólera hacia la ley francesa. Turquía está furiosa de que le refresquen la memoria. Esa memoria es un fantasma que los acecha desde hace décadas.
Yo trato el tema del Genocidio Armenio desde hace ya muchos años, pero entre otros intelectuales turcos siempre sentí cierta falta de interés, como si para ellos el tema hubiera parecido siempre algo irreal, inauténtico e impuesto desde el exterior. Mis colegas internacionales hablan de mi “coraje” por continuar este combate a pesar de “las amenazas y los peligros”. En realidad, ese jamás fue mi problema. Mi mayor desafío fue la soledad. Así, llegado el momento, he debido explicar el significado de 1915 a mis amigos más cercanos  en Turquía. Fue un momento difícil. En 1997 escribí un ensayo titulado “Pasearse como un leproso en mi propio país”. Así me sentía, como un leproso, un paria. No era cuestión de “miedo” ni de “coraje”. Lo que me molestaba más era su indiferencia, la falta de interés, la alineación y la soledad que yo sentía.
¿La muerte de Hrant Dink sacó la cuestión de su aislamiento? 
Cada vez que dejaba Turquía, mi vuelo despegaba normalmente a las 5 de la mañana, y me quedaba despierto toda la noche hablando con Hrant. Cada una de estas conversaciones giraba en torno a nuestra soledad. Estimábamos que nadie parecía realmente interesado. “¿Cómo convencer a nuestros amigos y conocidos para que vean hasta qué punto este tema es importante?” Uno de los mayores desafíos de Hrant era su aislamiento. Al final, su alienación por y de nosotros, los intelectuales turcos, fue un factor que contribuyó a su asesinato.
La muerte de Hrant marcó un hito; los intelectuales turcos mostraron mayor interés por los acontecimientos de 1915. Comenzamos a comprender que 1915 tiene más que ver con el presente que con el pasado. Progresivamente, el lazo entre la construcción de la democracia y los derechos humanos, por un lado, y la memoria y la confrontación con la historia, del otro, se volvió más claro y más aceptable para un amplio sector de la sociedad turca.

El activismo civil democrático que nació tras la muerte de Hrant jugó un papel importante en este cambio. Sin embargo, esta oposición emergente no tiene aún suficiente fuerza. Creo que tenemos necesidad de mucha mayor presión externa. Es allí que entra en juego la ley francesa.

¿Usted piensa que la presión internacional sobre Turquía es positiva o negativa? No teme que conducirá a un enfoque más nacionalista y defensivo?
Recuerdo el incidente del 4 o 5 de enero de 2007. La oficina del procurador de Şişli, con el objeto de presionar sobre la defensa de Hrant (1), me había tomado como blanco de una investigación por causa de un artículo en el cual había utilizado la palabra “genocidio”. Tras dar mi testimonio al procurador, me dirigí a la oficina de "Agós". Hrant y yo discutimos. Como antes, él criticaba las iniciativas de Francia (2). “Basta, Hrant”, le dije, “si Francia no hubiera tomado esta iniciativa, nadie vendría aquí a ponerte un micrófono en la boca. No hay que olvidar”, agregué, “que la sola razón por la cual la gente sabe quién eres es porque Francia mantiene esta proyecto legislativo. Si las personas fuera del país no hicieran esto, tendrías problemas para encontrar a alguien que te escuche”.
“Tienes razón”, admitió. “Los únicos momentos en los que la gente se acuerda es cuando hay presión exterior”. Es algo de lo que Occidente debe tomar conciencia. Simplemente, no se puede modificar la posición de Turquía sobre 1915 basándose únicamente sobre la oposición democrática interna. Los militantes turcos de la sociedad democrática y civil no poseen esa fuerza. El asesinato de Hrant Dink es la prueba de esa debilidad. Hoy existe un movimiento civil de auténticos activistas, “Los amigos de Hrant Dink”, que ha ganado un apoyo importante del público en Turquía, y a pesar de ello los asesinos de Hrant se pasean libremente por el país.
¿Cuál es la amplitud de la política de negación del Estado turco? 
Los países que toleran y permiten esta política de negación de Turquía, por su beneficio económico, político y estratégico, deben comprender una cosa. El negacionismo es una estructura. Para comprender por qué Turquía continúa negando lo que ocurrió en 1915, debe compararlo con el régimen racista de Sudáfrica. Las instituciones, el sistema y la mentalidad del Apartheid se establecieron sobre las diferencias raciales. La negación del genocidio es similar. Negando lo que ocurrió en 1915, Turquía reproduce las instituciones, las relaciones sociales y la mentalidad que desembocó en 1915. La negación del genocidio va más allá de la defensa de un régimen antiguo cuyas instituciones y mentalidad desembocaron en el pasado en un genocidio. La negación alimenta igualmente una política de agresión continua, tanto al interior como al exterior de Turquía, contra toda persona que se opone a la mentalidad de los negacionistas.
Es por eso que los verdaderos asesinos de Hrant Dink aún están fugados. Es por eso que se organizan ataques contra los armenios y sus monumentos en Europa. Es por eso que en Estados Unidos se organizan campañas de odio y hostilidad contra mí y otros intelectuales.
Esto debería ser claro para todo el mundo: en Turquía, la negación del genocidio es una industria. Es asimismo una política de Estado de primera importancia. El Consejo de Seguridad Nacional, la mayor autoridad institucional turca, creó en 2001 un “Comité de Coordinación para la lucha contra las alegaciones sin fundamento del genocidio”. Todos los ministros importantes, incluso las fuerzas armadas, están representados en este Comité, presidido por el vice primer ministro. Lo repito: negar el genocidio es una de las políticas nacionales más importantes del Estado turco. Debe entender que no se encuentra confrontado meramente a una simple “negación”: se encuentra frente a un “régimen negacionista”.
Mientras Turquía continúe esta política de negación del genocidio a través de sus instituciones y su mentalidad, Ankara será sensible a la presión exterior. De hecho, esta presión debe aumentarse.
¿Qué presiones? ¿Hasta dónde pueden llegar?
Si Occidente es serio respecto de la democracia en el Medio Oriente, no puede construir esa democracia sosteniendo un régimen negacionista. Esto permite a Turquía ser arrogante, intimidar y amenazar a otros países. Esto debe cesar. Turquía no renunciará a su política de negación sin presión exterior. La negación histórica es probablemente la principal piedra que obstaculiza la paz y la democracia en Medio Oriente. ¿Por qué los cristianos, los kurdos y los árabes en Siria, en Líbano y en Irak se sienten intimidados por Turquía? ¿Por qué no desean la intervención de Turquía para sostener la democracia y los derechos humanos? Porque ven en el régimen negacionista de hoy la mentalidad de los unionistas y los crímenes cometidos contra ellos en el pasado.
El régimen sudafricano no se derrumbó bajo los exclusivos efectos de la presión interna. El apoyo de la opinión pública internacional fue igualmente muy importante. Mientras Occidente permita a Turquía proseguir su política negacionista, la negación del genocidio continuará.
Nos encontramos enfrentados al enorme problema de saber cómo impedir las muertes en masa y los genocidios en la comunidad mundial actual. En este sentido, el espacio para la negación de un genocidio en la arena internacional debe ser reducido y finalmente eliminado. La política de negación de Turquía debe ser reconsiderada en esta perspectiva de prevención de los genocidios en el mundo global.
Los opositores replicarán que la presión externa no se halla motivada por el deseo de aportar la democracia en Turquía. Dirán de Occidente ejerce presión a fin de limitar la potencia de Turquía. ¿Hay acaso una pizca de verdad en esta perspectiva? Sí, por supuesto. Pero el remedio es simple: no dejen que los otros los limiten. Si no desea que sus faltas sean utilizadas en su contra, corríjalas. Cumpla con su deber. Ningún país ha sido herido jamás por la democracia o por el respeto de los derechos humanos.
En la  1980, el régimen militar de Turquía fue sostenido por la misma razón, y millares de personas fueron asesinadas, torturadas o arrojadas a la cárcel. Los generales turcos eran como los niños mimados de Occidente, que podían matar a su placer. Odiaban todo tipo de presión, no deseaban la “ingerencia en sus asuntos internos”. El mismo juego se repite con la negación de la historia.
Debemos preguntarnos de qué manera esa presión exterior permitirá una relación sana y positiva con el proceso de democratización interna. Ahora el mayor problema es la incompatibilidad y la falta de armonía. Deben crearse canales de comunicación entre Turquía, la oposición democrática y el mundo más allá de las fronteras. El verdadero diálogo no se ha establecido aún entre los grupos de activistas internos y externos, que deben unirse para cambiar este régimen negacionista. Observando a Francia, puedo decir que lo que tenemos aquí es un verdadero diálogo de sordos.
No puedo decir si la indiferencia mostrada por Francia hacia la oposición democrática en Turquía explica esto. Pero la tendencia nacionalista de los intelectuales ha jugado ciertamente un rol en este fútil diálogo entre dos partes que no logran entenderse. Una enorme mayoría de los intelectuales turcos considera siempre con mucha suspicacia toda iniciativa extranjera. Esta actitud es para ellos tan natural que, lamentablemente, no se dan cuenta de que surge de un pozo de tendencias nacionalistas.
En el mundo globalmente conectado de hoy, el concepto mismo de “exterior” e “interior” es muy discutido. Debemos crear una conciencia global de los genocidios y de su prevención, sin hacer estas distinciones. La lucha contra la negación del genocidio es una cuestión de democracia mundial y de derechos humanos. El reconocimiento es una cuestión pertinente para el conjunto de la humanidad.
¿Cómo percibe usted las diferentes iniciativas civiles?
La oposición interna en Turquía debería ser tomada en serio. Un grupo de personas conduce una lucha honorable que merece realmente mucho más respeto. Aunque la muerte de Hrant Dink ha sido un hito, no reciben suficiente apoyo internacional.
Incluso si, en definitiva, el proyecto de ley en Francia aparece como el producto de intereses divergentes, hubiera deseado que aquellos que trabajan para esta ley interroguen a los militantes turcos en el país para saber lo que piensan de la iniciativa. Quisiera ver esto como un punto de partida para el diálogo. Este canal de comunicación no ha sido abierto, y debería ser construido lo antes posible.
Una de las principales razones para esto es la falta total de interés fuera de Turquía, especialmente para la diáspora armenia,  en la democratización creciente de Turquía.
El diálogo entre la sociedad civil en Turquía y la lucha mundial por “el reconocimiento del genocidio” es una necesidad urgente. Una razón por la cual ella no ha sido iniciada: los añejos prejuicios étnico-religiosos mutuos por varias décadas. Asimismo, la sociedad civil turca no ha entendido aún la importancia del reconocimiento del genocidio en su propia lucha por la democracia. Mientras los activistas turcos perciben las demandas internacionales por el reconocimiento del genocidio como obstáculos de su propia agenda, una gran parte de la diáspora no logra apreciar el fuerte lazo entre el reconocimiento del genocidio y la construcción de la democracia en Turquía. Tienen tendencia a minimizar y subestimar este proceso.
¿Cómo reunir la sociedad civil turca con la diáspora armenia?
En verdad, la cuestión va más allá de las mutuas percepciones favorables o desfavorables. El reconocimiento del genocidio, por esencia, es una cuestión de justicia, no de libertad de expresión o de libertad de pensamiento. Una sociedad democrática y libre, como Francia o Estados Unidos, también puede tener injusticias históricas no resueltas, como Argelia o los “nativos americanos”.
La sociedad civil turca aún cree que sus propios problemas se deben a la restricción a la libertad de pensamiento. Otros objetivos, tales como la justicia y la confrontación con la historia, son rechazados como un lujo inabordable o pospuestos para un futuro imaginario. De allí la reacción negativa a las demandas de verdad y de justicia. Tal es el dilema que debe ser remontado. La justicia y la confrontación con la historia no pueden ser alcanzadas si no es a través de la creación de una sociedad libre y democrática.
La campaña por “la verdad y la justicia” y el movimiento por “libertad y democracia” no son mutuamente excluyentes, no deberían conducir a un enfrentamiento. Las reivindicaciones de la diáspora y de la sociedad turca deben aglutinarse.

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(1) Hrant Dink había sido procesado por la justicia bajo el cargo de insulto a la identidad turca, por el art. 301.
(2) La Asamblea Nacional francesa había aprobado un proyecto de penalización de la negación del genocidio en 2006.

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