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10.11.09

Apuntes sobre la crisis comunitaria en la Argentina

La crisis de la comunidad armenia en la Argentina no es algo nuevo. Que no se debata con altura o que se entierre como la cabeza del avestruz no quiere decir que el peligro no exista o haya pasado.
¿Quién nos da la "autoridad moral" para opinar?
a) El hecho de haber vivido casi treinta años en la Argentina y de haber participado activamente en los quehaceres de la comunidad;
b) El conocimiento de primera mano que se desprende de esa experiencia;
c) La imposibilidad física de actuar en esa comunidad, con la cual seguimos manteniendo lazos afectivos;
d) La convicción de que debatir ideas no significa generar polémicas inútiles, porque del intercambio de ideas surgen las novedades.
Nuestra generación está ante un sinfín de desafíos desde 1988, que se sumaron a los que venían de antes. Se han hecho algunas cosas para contrarrestarlos, pero la planificación a futuro no es una de ellas. Repetir "los jóvenes son nuestro futuro" es bueno, pero reemplazar la frase por "los jóvenes son nuestro presente" y trabajar con ese fin sería mucho mas saludable. Entonces podría pensarse en instituciones fortalecidas y rejuvenecidas.
Los problemas de las instituciones no les convienen a nadie. Por el contrario, perjudican a todos. ¿Cómo se hace para acordar? ¿Cómo se hace para deponer la soberbia y la autosuficiencia y tener la humildad de sentarse a la mesa con el ánimo cierto y definido de hallar soluciones, no sólo de intercambiar o debatir opiniones? Este es uno de los grandes desafíos que enfrenta la comunidad para hallar nuevas vías de vivencia (no digo "supervivencia", una palabra que desearía ver desterrada de nuestro vocabulario). Si encuentra esas vías, entonces puede encontrar la manera de que los "perdidos" comiencen a interesarse por integrarse y participar.
Históricamente, en cualquier comunidad, el porcentaje de participación ha sido de un 10% del total. Esa cifra se puede haber superado en circunstancias excepcionales. Por ejemplo, la conmemoración del 24 de abril de 1965 en Buenos Aires convocó a 10.000 personas. Con una comunidad armenio-argentina estimada entre 40.000 y 50.000 para ese entonces, es fácil calcular la proporción.
La proporcion de 10% es algo relativo; al no existir cifras exactas sobre miembros de una comunidad en la Diáspora, la estimación de porcentajes de participación es un cálculo casi tan al azar, pero mucho menos "inflado" que el de 80.000, 100.000 o 130.000 armenios en la Argentina. Sin embargo, ¿significa esto que es un techo? Si lo es, el desafío es transformarlo en un piso y tomarlo como base para construir un techo.
Una verdad de Perogrullo: quienes no están es porque eligen no estar, y quienes están es porque eligen estar. Ni la "sangre" ni el apellido armenio desempeñan un rol fundamental: es la elección lo que cuenta.
Hacer una crítica de la situación de la comunidad no significa de modo alguno resentimiento. No es sensato rebatirla con el argumento del "sacrificio" propio y del "no sacrificio" ajeno, por la sencilla razón de que el crítico no levantaría su voz con responsabilidad si no conociera de que habla. Es mas dañino negar o desdeñar la opinión de los otros con el argumento fácil de res, non verba, ignorando que los actos suceden a las palabras y no viceversa. De hecho, conocer la realidad comunitaria implica indefectiblemente haberse puesto el “overol” más de una vez.
Quien está en contra de toda actitud de disenso tiene todo el derecho, por más autoritaria e intolerante que sea su opinión. Pero quienes están a favor del disenso como forma de construcción de la realidad también tienen todo el derecho.
Dialogar con altura, al terminar la primera década del siglo XXI, es lo mínimo indispensable que se debiera exigir de una comunidad que está por cumplir cien anos de vida. Esa imposibilidad de diálogo es lo más lamentable de todo el panorama.
Vartán Matiossián

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